Adam se había pasado más de un año sin componer. Al principio lo había achacado al cansancio, era normal que después de meses y meses de trabajo intenso no le quedase nada dentro; componer la banda sonora de Scarlett Holmes había requerido de todo su tiempo y esfuerzo y era lógico que no se le ocurriese nada. No era una máquina. Los primeros meses no se preocupó demasiado, tampoco tuvo tiempo entre el último viaje y las cenas y los fines de semana fuera de la ciudad a los que lo arrastraba Erika. Hasta que un día, un mañana, solo en casa se sentó frente al piano, colocó las manos sobre las teclas y las sintió frías. El escalofrío le subió por los brazos y después bajó por la garganta hasta extenderse por el resto del cuerpo. Podía tocar, incluso ahora recordaba perfectamente que aquel día sus dedos se movieron por el teclado repitiendo los movimientos de compases que él había escrito y se sabía de memoria. Pero aquel día, aunque entonces aún tenía la vista intacta, descubrió que ya no veía la música. Se asustó. Se rio de sí mismo. Se dijo que eso eran pamplinas de artistas bohemios, tonterías, que él era un compositor profesional y que solo estaba cansado.
Una cena más con Erika, otra reunión con un posible cliente. Y otra más.
Cada tarde se sentaba al piano con la esperanza de poder escribir un compás, uno solo, y cada tarde acababa lanzando algo contra la pared, golpeando algo, sintiendo como aquel vacío, el que había dejado la música, crecía dentro de él y le devoraba.
Y nadie parecía darse cuenta.
A nadie parecía importarle.
Ahora, tumbado en la cama con Charlotte a su lado, supo que ella se habría dado cuenta. Ella estaba en sus brazos, podía sentir su piel desnuda en contacto con la suya y apretó los párpados hasta que tras ellos se formó la imagen de su espalda, de las curvas, las pecas, las vértebras, los temblores que él nunca vería, pero que quería pasarse el resto de la vida sintiendo, provocando, queriendo.
Por supuesto que le gustaría que la noche que perdió la vista no hubiese sucedido, pero no por él sino por su hermana y sí, quizá también por él, porque estaba seguro que Charlotte era aún más preciosa de lo que era capaz de imaginarse. Pero en realidad si el destino le diese esa clase de poder, el de volver atrás en el tiempo y cambiar algo, un hecho de su vida, no elegiría esa noche.
Charlotte se movió y él agachó la cabeza para besarle el pelo y después la frente. Ella suspiró y se acurrucó aún más encima de su pecho.
No, no elegiría esa noche porque cuando se despertó en el hospital descubrió que no le gustaba quién era ni en qué se había convertido su vida y entonces empezó a cambiar de verdad. No había sido fácil llegar hasta aquí y no iba a parar de avanzar por nada del mundo.
Charlotte movió la mano y le acarició el hombro, sus dedos llegaron hasta el pelo y allí se enredaron como si no quisiera soltarlo.
Él sonrió.
Otra cosa que llevaba mucho tiempo sin hacer.
Charlotte le había devuelto la música, gracias a ella había aprendido a escucharla de nuevo, a sentirla dentro del corazón y, poco a poco, había vuelto a verla. Esa noche, o esa madrugada, ya no sabía qué hora era y tampoco le importaba, había vuelto a componer. Habían estado juntos, él la había besado, sus dedos y sus labios habían recorrido su cuerpo del mismo modo que lo habrían hecho sus ojos de funcionar como antes y Adam había descubierto que había muchas maneras de ver y muchas de estar ciego.
Él nunca había visto a una mujer de verdad hasta Charlotte.
Nunca.
Y a ella la veía, ahora la tenía grabada en cada poro de su piel y en cada molécula de su cuerpo. La oscuridad seguía allí, pero con Chalotte podía dominarla y obligarla a retroceder, cambiaría cada rincón oscuro por una nota, por un compás, por un beso o por una caricia de ella.
Soltó despacio el aliento, él era el primero en no entender lo que le estaba pasando, ¿cómo era posible que no estuviese asustado?
Unas horas atrás había abandonado esa cama y la chica que tenía dormida a su lado porque la necesidad de componer casi le había partido por la mitad y cuando ella había bajado a buscarle porque la música la había despertado… Adam se estremeció al recordarlo y la abrazó más fuerte.
Él no era idiota, sabía que Charlotte aún guardaba secretos en su interior, quizá tenían que ver con su vida en Estados Unidos o quizá estaba paranoico y lo que tenía que hacer era relajarse, besarla de nuevo y perderse en ella. Fuera lo que fuese, Adam no iba a echarse atrás, ella no solo le había devuelto la música, le había devuelto la luz y él… él tal vez no supiera qué estaba haciendo, pero sabía que a partir de entonces cada nota que saliera de su cuerpo llevaría el nombre de Charlotte.